24 de noviembre, 2014
Ed. # 20 - 09/08/02
Escuchar es más difícil que hablar
Por G.Balbuena
Un análisis de las experiencias de convivir e interactuar con otras personas

Cuando escuchamos genuinamente a otra persona, somos capaces de introducirnos en un mundo especial en donde se comparten los sentimientos. Se trata de una experiencia excepcional, gratificante para ambas partes. Tiene tantas consecuencias positivas que enseñar técnicas para escuchar se ha convertido en la norma dentro del repertorio de los instructores de administración. Pero si escuchar resulta tan satisfactorio y eficaz, ¿Por qué no es una experiencia frecuente en nuestro lugar de trabajo?¿Por qué los administradores no escuchan más?

            Esto se debe a muchas razones. Una de las más importantes es que escuchar bien es extraordinariamente difícil, aun para personas experimentadas en el arte de saber escuchar. Es poco realista  esperar que la gente lo aprenda de manera rápida o lo haga con facilidad. Sólo se necesita pasar por el estire y afloja de intentar convencer a otra persona para que concuerde con nosotros: “Sí, eso es lo que quiero decir en realidad”, para descubrir lo difícil que es. Fracasamos más seguido de lo que tenemos éxito.

            En algunas situaciones, escuchar tal vez resulte incluso inadecuado. A veces, los líderes necesitan pasar por alto a los demás, seguir sus propias intuiciones, aferrarse tenazmente a un curso de acción, pero podría. A los presidentes Jimmy Carter y Bill Clinton, ambos excelentes conocedores del saber escuchar, se les ha culpado de que, con el pretexto de buscar consenso, malgastan mucho tiempo en escuchar.

            Al escuchar, es posible que los administradores se sientan obligados a tratar de concentrarse por completo en lo que la otra persona quiere decir, en cómo ve el mundo. Comúnmente, los  seres humanos necesitan más espacio psicológico para moverse  en su comunicación. Saber escuchar les niega dicho espacio.

            Es algo parecido a conducir un automóvil. No nos concentramos todo el tiempo en el camino. Eso resultaría demasiado limitado. Contemplamos el paisaje, comemos, bebemos, hablamos, cantamos, nos abrazamos, nos besamos, oímos radio. Las personas no escuchan bien no sólo porque no sepan cómo, sino debido a que se sienten capaces de mucho más de lo que las exigencias de saber escuchar permiten.

 

Los Obstáculos en el camino

            Escuchar también es una experiencia inquietante. Todos tenemos fuertes necesidades de ver el mundo de cierta forma y cuando escuchamos de verdad, como  para comprender la perspectiva de la otra persona, nos arriesgamos a que cambien nuestra manera de pensar. De la misma manera, escuchar a los demás significa estar alerta a nuestro instinto de defensa, a nuestro impulso de querer cambiar a los otros. Esto requiere un nivel de autoconciencia, e incluso autocrítica, que a menudo no es fácil de soportar.

            Escuchar exige franqueza, confianza y respeto, cualidades difíciles de mantener y que rara vez se muestran con uniformidad, incluso en las personas más expertas en saber escuchar. Se trata más de una actitud que de una técnica. La mejor manera de escuchar no proviene de la técnica sino de interesarse genuinamente en lo que de verdad le importa a la otra persona. Escuchar es mucho más que oír con paciencia a los demás.

            Para los administradores, escuchar plantea un dilema especial. Las investigaciones revelan que es muy probable que la gente cambie cuando reinvertimos el flujo de la comunicación, es decir, cuando no se les habla, sino que se les brinda la oportunidad de hablar. Sin embargo, la idea popular persiste de que nuestros líderes tienen que ser grandes comunicadores, inspiradores y triunfadores, debido a su habilidad para hablar, no a la de escuchar. Es muy difícil para los administradores conciliar estos requisitos, pues compiten entre sí.

            Por último, se piensa que escuchar debería de ser algo contagioso que aquellos a quienes se les escucha, poco a poco adquirirían la habilidad de escuchar a los demás del mismo modo. Desgraciadamente, es probable que esto no suceda. El modelo para escuchar no se extiende de la forma en que uno esperaría, o si lo hace, es en menor medida.
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